martes, 28 de abril de 2020

San Felipe

Este es el comienzo de mi blog. Es algo obvio, pero no encuentro mejores palabras para completar este vacío, esta hoja en blanco que se presenta ante mis ojos. Lo primero, me presento: soy Saverio Belbo, español, de nombre italiano, con cierto nivel cultural (pese a la LOGSE), aficionado a la Historia, del Real Madrid desde chiquitito y fiel seguidor de Jesús de Nazaret. Mis amigos dicen que soy de verbo fácil, buen conversador y templado en el juicio, aunque apasionado en las formas.

¿Por qué dar el salto a un blog? Llevo muchos años con la idea en la cabeza, pero, o bien por falta de tiempo, o directamente por pereza, nunca llevé la idea a término. Ha sido hoy, tras la lectura de un pasaje muy bello del evangelio de Mateo sobre el inicio del ministerio de Jesús cuando he decidido dar el paso y ponerme manos a la obra.

Mi blog, como su propio nombre indica, no deja de ser un mentidero, un lugar donde gentes de toda suerte y condición se congregaban, allá en el Siglo de Oro español, para dar rienda suelta a chismes, rumores y habladurías de todo tipo.

En concreto, este pequeño blog hace referencia a las Gradas de San Felipe, antiguo mentidero de la Villa y Corte, situado en las gradas del demolido convento de San Felipe (hoy Casa Cordero), en la Puerta del Sol, anejo a la casa de Correos.
 
 Así eran las gradas de San Felipe, punto de reunión de la sociedad madrileña de los Austrias.

Como buen mentidero que se tercie, escribiré sobre todo lo que buenamente pase por mi cabeza, comenzando por recetas de cocina, recomendaciones literarias, análisis político, economía, música, ingeniería, fútbol (¿os he dicho ya que soy madridista?) y sin olvidar nunca la Palabra de Dios, tan necesaria en una sociedad sin valores y sin rumbo que le ha dado la espalda.

Eran las Gradas de San Felipe punto de encuentro de lo más granado de las letras españolas del Siglo de Oro. Hombres como Francisco de Quevedo o Lope de Vega eran habituales, en una época en la que el pesimismo y la decadencia nacional eran el pan nuestro de cada día. Querido lector, al igual que ellos entonces, Dios mediante, sé tú también bienvenido.

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