jueves, 3 de marzo de 2022

Gracias, amigos

Ayer, al abrir un libro en su casa de Madrid, mi amigo Zurdo encontró una carta que había permanecido ahí, muda, esperando a ser descubierta desede hace muchos años. El papel, ya amarillento, contenía una historia escrita con letra infantil, firmada por otro buen amigo, Crespo, quien reside actualmente en México. Hoy, escribo esta entrada desde Bruselas. Es la vida.

En la carta, se relataba la historia de 2 niños que veraneaban en una playa murciana, y, tras pasar el verano allí, ambos concluían que cualquier tiempo pretérito fue mejor. Si el presente es nefasto, hay que pensar en el otrora glorioso pasado, para poder afrontar el futuro con la esperanza de que esos tiempos tan gratos volverán tarde o temprano. Mi amigo, con su proverbial acierto, había dado en el clavo al escribir aquella historia. No en vano, fue premiada en su día.

Poco después, cuando la bellísima torre gótica del ayuntamiento de Bruselas había dado la medianoche, Crespo envió a nuestro grupo de WhatsApp un enlace a su blog, que todos creíamos engullido de forma pantagruélica por el monstruo de Internet. Ese blog, cuando corría el año 2007, era su criatura. Era su diario, abierto a todos, en el que recogía sus vivencias. 

 

Uno de nuestros patios de recreo

Anoche, Crespo nos ofreció a todos su Santo Grial. Y bebí de ese cáliz. Con un hambre de recuerdos voraz, casi adictiva, devoré todo lo que él escribió. Consumí como un drogadicto aquellas palabras que narraban tiempos que consideraba normales, pero que, echando la vista atrás, fueron tremendamente felices. 

¡Chacho, ponte uno de lomo con todo!

Miro a través de la ventana. El sol de la tarde deposita sus rayos deslizándose, dulcemente, sobre la corteza gris del viejo álamo. Las ardillas, alegres, corretean por las ramas, sabiendo que la primavera está cerca. Contemplo esa escena manteniendo una mano en la mejilla, apoyada la otra en el quicio de la ventana, recordando con nostalgia aquellos tiempos dichosos. 

Miro a través de la ventana, y pienso en aquellas tardes y mañanas casi infinitas en la Universidad, en el taller, entre herramientas, aceite, acero, madera, virutas, tornillos, serrín, sonido de máquinas, risas, conversaciones. En aquellas clases, algunas apasionantes, otras infumables, con personas que comenzaron siendo profesores y que también se convirtieron en amigos.

Miro a través de la ventana, y recuerdo aquellos grandes momentos vividos. Noches de batas, fiestas de San Alberto, crucero, prácticas de laboratorio, cantina, biblioteca, exámenes. La incertidumbre al recibir las notas. Los planes para quedar de cena en el Palomo un jueves y después salir de traca. Quemar rueda con un Clio del año 91. Llamar a Pepe El Chato desde cualquier teléfono de la Facultad con las "notas" de Simulación en la mano.

Ahora las ardillas, instintivamente, buscan cobijo en una oquedad del álamo; el sol se está poniendo, el cielo se ha pintado de rojo, esta noche va a hacer frío. Mis dedos, ora calientes, ora entumecidos, me hacen rectificar una y otra vez esta línea que ahora mismo estás leyendo, querido lector.

Paso ahora a enumerar los nombres de los protagonistas de ese tiempo tan dichoso, pese a que soy consciente que dejo muchos en el tintero. Josefina, Fernando, Hugo, David, Javier, Pilar, Jesús, María, Jose Manuel, Isabel, Bartolo, Almudena, Pedro, Inma... gracias por haber estado y por estar ahí, aunque no nos hayamos visto todo lo que hubiésemos querido. Aunque no hayamos tenido contacto, en algún caso, desde hace más de una década. Cómo pasa el tiempo.

Termino ya. Marco Tulio Cicerón dijo una vez "Amicitiae nostrae memoriam spero sempiternam fore". Espero que la memoria de nuestra amistad sea eterna. De corazón. Gracias, amigos. Que Dios os bendiga.


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