Todos los martes, tras la vuelta de vacaciones de Navidad, los miembros de mi equipo suben a la oficina. Me parece fantástico, porque así puedo interactuar con otras personas. Es agradable salir de la rutina asociada al teletrabajo. De hecho, relacionarnos con nuestros semejantes está dentro de nuestra naturaleza, es una de las 3 funciones vitales de los seres vivos que estudiaba, de niño, en el colegio. Es obvio. Somos animales sociales, nos gusta estar en grupos, pertenecer a ellos, comunicarnos, abrazarnos, saludarnos, sonreír. Vivir. Los problemas mentales derivados de toda esta distancia social los estamos comenzando a ver, son la punta del iceberg.
Me recuerdan al crecimiento de los níscalos en el pinar, merced a las suaves lluvias de otoño, en aquella recia ciudad castellana de casitas blasonadas, coronada por un castillo, donde el cotidiano tañido de las campanas de la vetusta catedral llama a misa a viejecitas enlutadas. Los níscalos crecen bajo la hojarasca del bosque (popularmente conocida como pinocha), y, por ello, son difíciles de localizar.
El ojo experto de mi abuelo era capaz de encontrarlos gracias al abombamiento del suelo. No aparecía uno, sino varios. Mi abuela solía decir, con su proverbial paciencia: “hijo, busca cerca de ese que has encontrado, que las nícolas tienen hijos”. Ni que decir tiene que los níscalos son un suculento manjar de deliciosos mojes, guisados con jamón y chorizo de la tierra, siendo posible guardarlos en frascos para así congelarlos.
![]() |
Un manjar de los dioses |
Con tantas restricciones sufridas, con tal ataque a nuestra libertad sin precedentes, con semejante arresto domiciliario legalizado, ¿cabría pensar, querido lector, en una cosecha de níscalos sin parangón en los próximos años? ¿Cuántos níscalos encontraríamos no en el pinar de nuestra sociedad, sino en cada uno de nosotros? Si aparece un níscalo, ¿cuántos hijos tendría no demasiado lejos? ¡Qué lástima no haber estudiado psicología! Con la que está cayendo, y con la que está por caer, ya me habría hecho de oro. Macizo. De varios pisos de altura. Como Homer Simpson.
Es inaudito pensar como esos problemas nos han cambiado a todos profundamente, yo me incluyo. Ahora es “normal” parar en un semáforo y darte cuenta de que el conductor del coche del carril contiguo lleva una mascarilla pese a estar solo. Ahora es “normal” bajar a la playa, y encontrarte a bañistas solitarios darse un chapuzón con su mascarilla, soportando las tórridas temperaturas del mediodía estival en el Levante español. Ahora es “normal” salir al parque y cruzarte con un octogenario quien, con evidentes problemas motrices, cubre su nariz y boca con una mascarilla. ¿En qué momento perdimos la razón? ¿Cuándo decidimos dejar la normalidad a un lado e instalarnos a vivir cómodamente en un gag de Monty Python? ¿Por qué cambiamos libertad por miedo?
Acabo de recibir un correo electrónico, abro la bandeja de entrada, quizá sea importante. Nada serio: más ideología de género corporativa, más resiliencia, más inclusión, más diversidad. La bazofia que llena tu nevera a diario. La basura con la que te bombardean por tierra, mar y aire, por prensa, radio, televisión, e internet. Agenda 2030 en vena, sin anestesia, relativismo moral, buenismo. Imagine de John Lenon en estado puro, si parpadean se lo van a perder.
Decidido. A la papelera. Clic. ¡Qué forma de perder el tiempo! ¡Y qué forma de engañar a la gente, valiéndose de su buena voluntad, utilizando las mismas artes que el Diablo, maestro de la mentira! Nos advertía el profeta Isaías de ello: ¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo! […] Por tanto, como la lengua del fuego consume el rastrojo, y la llama devora la paja, así será su raíz como podredumbre, y su flor se desvanecerá como polvo; porque desecharon la ley de Jehová de los ejércitos, y abominaron la palabra del Santo de Israel.” (Is 5:20-25)
Cada día que pasa, tengo un poquito más de fe en Dios. Nunca falla. Su Palabra, tampoco. A Él doy gracias cada instante por tenerle a mi lado. Dios vencerá, hágase Su Voluntad. Está escrito. Ojalá mis palabras sean luz para ti, en medio de la oscuridad creciente que nos rodea.
Termino. Prepara la cesta, hazte de un buen bastón y de una pequeña navaja, querido lector. Aunque no se acerque el otoño, viene una memorable cosecha de níscalos. Te van a faltar manos. Y frascos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario