lunes, 14 de marzo de 2022

Alberto

 
Hace ya casi 22 años que nos dijiste adiós, Alberto. Discúlpame, amigo mío, nunca he escrito una elegía antes. Tengo miedo a que mi escrito no te haga justicia, querido Alberto. Porque fuiste mi mejor amigo. Y, a pesar de esos 22 años, aún te sigo echando de menos.

Nuestra amistad comenzó a mediados de los felices años 90, cuando los dos contábamos unos 11 añitos de edad. Mis padres, haciendo un gran esfuerzo económico, compraron una casa en la costa. Aquel lugar era ideal: casas bajas, entorno familiar, tranquilidad, buen tiempo. Perfecto para veranear. Nuestra casa, entonces, quedaba en medio de antiguos campos de cultivo de lechugas. En los días que no había bruma era posible contemplar desde la terraza, privilegiada atalaya, los islotes del cercano Mar Menor y el más lejano faro de Cabo de Palos.

Éramos la típica familia de Madriz que ama la playa. Y la mar. Para nosotros, había una regla no escrita: todos los meses había que ir, al menos, una vez. Si caía puente, fantástico. Si no, ajo y agua.  Un dato: 480 km al salir del colegio. Sólo ida. A la vuelta, tocaba sufrir los madrileños atascos de domingo en Arganda del Rey escuchando atentamente, en la radio del Ford Orión, el transcurso de la jornada liguera o inolvidables cintas de música. Pero no nos importaba. Fuimos felices sin ser conscientes de ello.

La máquina perfecta.

Corría el verano del año 1996 cuando nos conocimos. No recuerdo exactamente cómo, quizá tras llamar al timbre, o por mera coincidencia jugando al fútbol. De aquella época aún conservo la amistad de Rafa (antes Rafita), quien por entonces vestía ropa de Prenatal y Mayoral, un gran amigo. Había otro Rafa de mi edad, también majete, pero decidió irse con otra pandilla y le perdí la pista hace muchos años. Pero esa es una historia que merece ser contada en otra ocasión.

Ese verano transcurrió, feliz. A su conclusión, intercambiamos nuestros teléfonos de casa (los móviles por entonces eran una quimera), y nuestras direcciones para cartearnos. Llegamos a llamarnos por teléfono cada dos semanas. Con el paso de los años, coincidíamos, ora en el puente de la Inmaculada, ora en Semana Santa, ora en las vacaciones de verano. Alberto pasaba religiosamente el mes de julio en un campamento, en la sierra de Madrid. Cada año, yo esperaba con ansia la llegada de agosto, que era cuando su familia venía a veranear. Cuando nos juntábamos, se mascaba la tragedia. Para bien.

Alberto, el constructor. Cabañas hechas con palés de obras cercanas en el descampado frente a mi casa. Su edificación era peculiar, poníamos lonas negras encima a modo de techo, utilizábamos césped recién cortado para el suelo que días después sería devorado por blancos gusanos, y atábamos los palés entre sí. Dependiendo del palé, a veces hacíamos cabañas en pisos, poniendo uno encima del otro. Alguna llegó a tener hasta aparcamiento para bicicletas. Lujerío extremo. La envidia de la Reina de Inglaterra.

Cuando estaban terminadas, tocaba merendola: había que buscar 100 pesetas de la hucha para bajar al Saura y comprar Coca-Cola, Fanta, patatas fritas y golosinas variadas con las que echar la tarde. Varias veces hasta tuvimos música de un desvencijado radiocasete a pilas. Otras pandillas venían a tomar posesión de nuestro fuerte con intenciones hostiles; respondíamos a pedrada limpia, con toda la contundencia infantil de que éramos capaces. Y huían como ratas. Cobardes.

Alberto, el futbolista. ¡Menuda zurda tenía el tío! Cuando jugábamos juntos, nos hablábamos en acento vasco: los amigos Gorka y Patxi, del mismo Bilbao. Los tiros de mi amigo Gorka tenían la potencia de Roberto Carlos y la violencia de Puskas, Cañoncito Pum. Él los llamaba Marmitako: inapelables de cara a puerta, y con un toque picante si acertaban en el culo de un pobre infeliz que se situase en medio de su trayectoria. El portero rival, con buen criterio, solía apartarse cuando Gorka armaba la zurda y golpeaba el esférico con el exterior.

El tiki-taka no lo inventaron Cruyff, ni más adelante Aragonés, ni Andrés Montes. Lo inventaron Gorka y Patxi dando pases en corto y al pie, Patxarán en nuestra jerga vascuence. Fruto del Patxarán nacían goles de bellísima factura, a raíz de la técnica exquisita de mi hermano Cremi o del acierto kartul de Rafita, quien muchas veces se lesionaba por culpa de un tobillo mal curado, fruto de un accidente de tráfico en Chinchilla de Monte Aragón, donde perdió a su perro Toby, si no me falla la memoria. Tanto Cremi como Rafita merecen varias entradas de mi blog, no me extenderé aquí, los dos son magníficas personas.

Alberto tenía 1000 caras distintas. Alberto, el ciclista. Alberto, y los juegos de mesa. Alberto, y los globos de agua. Alberto, el químico. Alberto, el cinéfilo. Alberto, el enamoradizo. Alberto, y las videoconsolas. Alberto, el fanático de la automoción. Alberto, el nadador. Alberto, el soñador. Alberto, el madridista. Alberto, el amigo del obrero. Aunque por encima de todo, Alberto, mi amigo. Generoso. Cercano. Fuerte. De risa fácil. Bondadoso. Honesto. La persona que dejó una huella innegable en mi, y que me marcó para el resto de mi vida.

Me llevo la mano izquierda a mi tupido bigote para recordar, melancólico, aquella tarde de agosto del año anterior a su fallecimiento. Alberto, calvo por efecto de la quimioterapia, y yo, hablábamos del futuro y de lo que haríamos juntos cuando fuésemos adultos. Me dijo, muy serio, a la orilla del mar, mientras hacíamos churretes con la arena: “Saverio, esto es una prueba que Dios me ha puesto. Mi abuela dice que Dios nos pone pruebas para superarlas, y que eso nos hace más fuertes”.

Un año después, ese Dios quiso llamarle a su lado, hace hoy casi 22 años. Alberto, duro como una roca, sucumbió al cáncer. Irónicamente, It’s my life de Bon Jovi coronaba las listas de éxitos en aquel momento. Sus padres, Ángel y Concha, destrozados. Sus amigos, incrédulos. Pero así es la vida, no nacemos para quedarnos. 


Para mi, un crío de 14 años que no había sido tocado por la muerte tan de cerca, su adiós fue un mazazo. Estuve varias semanas noqueado, en la lona, como si un púgil de excepcional agilidad me hubiese asestado un derechazo en el costillar aprovechando mi guardia baja. Pero no tenía que tirar la toalla. La vida te enseña, que diría, sabiamente, mi abuela Felisa, Dios la tenga en su gloria.

Sí, culpé a Dios entonces. No es justo que nos deje una excelente persona. No es justo. Ahora, con los ojos de un adulto, sé que Dios es inocente. Gracias a Dios tuve la suerte de ser amigo suyo, hice las paces con Él hace ya muchos años. Sé que la prueba de la que hablaba no era para Alberto. Era para mí y para los que nos quedamos. Para su familia. Para sus amigos. Espero haberla superado y ser más fuerte. Espero haber aprendido la lección, amigo Alberto.

En la Grecia clásica, se creía que la verdadera muerte es el olvido. Hasta que me quede un hálito de vida tu recuerdo estará presente en mí. Hasta entonces, no morirás. Espero que esta elegía, que concluyo mientras una lágrima aflora, se desliza, y cae, apática, sobre mi teclado, haya sido de tu agrado. Sé de corazón que mis palabras las comparten todos aquellos que tuvieron la fortuna y el privilegio de ser amigos tuyos. Hasta siempre, amigo Alberto. Que Dios te bendiga.

miércoles, 9 de marzo de 2022

Níscalos

 Todos los martes, tras la vuelta de vacaciones de Navidad, los miembros de mi equipo suben a la oficina. Me parece fantástico, porque así puedo interactuar con otras personas. Es agradable salir de la rutina asociada al teletrabajo. De hecho, relacionarnos con nuestros semejantes está dentro de nuestra naturaleza, es una de las 3 funciones vitales de los seres vivos que estudiaba, de niño, en el colegio. Es obvio. Somos animales sociales, nos gusta estar en grupos, pertenecer a ellos, comunicarnos, abrazarnos, saludarnos, sonreír. Vivir. Los problemas mentales derivados de toda esta distancia social los estamos comenzando a ver, son la punta del iceberg.

Me recuerdan al crecimiento de los níscalos en el pinar, merced a las suaves lluvias de otoño, en aquella recia ciudad castellana de casitas blasonadas, coronada por un castillo, donde el cotidiano tañido de las campanas de la vetusta catedral llama a misa a viejecitas enlutadas. Los níscalos crecen bajo la hojarasca del bosque (popularmente conocida como pinocha), y, por ello, son difíciles de localizar. 

El ojo experto de mi abuelo era capaz de encontrarlos gracias al abombamiento del suelo. No aparecía uno, sino varios. Mi abuela solía decir, con su proverbial paciencia: “hijo, busca cerca de ese que has encontrado, que las nícolas tienen hijos”. Ni que decir tiene que los níscalos son un suculento manjar de deliciosos mojes, guisados con jamón y chorizo de la tierra, siendo posible guardarlos en frascos para así congelarlos. 

Un manjar de los dioses


 Con tantas restricciones sufridas, con tal ataque a nuestra libertad sin precedentes, con semejante arresto domiciliario legalizado, ¿cabría pensar, querido lector, en una cosecha de níscalos sin parangón en los próximos años? ¿Cuántos níscalos encontraríamos no en el pinar de nuestra sociedad, sino en cada uno de nosotros? Si aparece un níscalo, ¿cuántos hijos tendría no demasiado lejos? ¡Qué lástima no haber estudiado psicología! Con la que está cayendo, y con la que está por caer, ya me habría hecho de oro. Macizo. De varios pisos de altura. Como Homer Simpson. 

Es inaudito pensar como esos problemas nos han cambiado a todos profundamente, yo me incluyo. Ahora es “normal” parar en un semáforo y darte cuenta de que el conductor del coche del carril contiguo lleva una mascarilla pese a estar solo. Ahora es “normal” bajar a la playa, y encontrarte a bañistas solitarios darse un chapuzón con su mascarilla, soportando las tórridas temperaturas del mediodía estival en el Levante español. Ahora es “normal” salir al parque y cruzarte con un octogenario quien, con evidentes problemas motrices, cubre su nariz y boca con una mascarilla. ¿En qué momento perdimos la razón? ¿Cuándo decidimos dejar la normalidad a un lado e instalarnos a vivir cómodamente en un gag de Monty Python? ¿Por qué cambiamos libertad por miedo?

Acabo de recibir un correo electrónico, abro la bandeja de entrada, quizá sea importante. Nada serio: más ideología de género corporativa, más resiliencia, más inclusión, más diversidad. La bazofia que llena tu nevera a diario. La basura con la que te bombardean por tierra, mar y aire, por prensa, radio, televisión, e internet. Agenda 2030 en vena, sin anestesia, relativismo moral, buenismo. Imagine de John Lenon en estado puro, si parpadean se lo van a perder.

Decidido. A la papelera. Clic. ¡Qué forma de perder el tiempo! ¡Y qué forma de engañar a la gente, valiéndose de su buena voluntad, utilizando las mismas artes que el Diablo, maestro de la mentira! Nos advertía el profeta Isaías de ello: ¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo! […]  Por tanto, como la lengua del fuego consume el rastrojo, y la llama devora la paja, así será su raíz como podredumbre, y su flor se desvanecerá como polvo; porque desecharon la ley de Jehová de los ejércitos, y abominaron la palabra del Santo de Israel.” (Is 5:20-25)  

Cada día que pasa, tengo un poquito más de fe en Dios. Nunca falla. Su Palabra, tampoco. A Él doy gracias cada instante por tenerle a mi lado. Dios vencerá, hágase Su Voluntad. Está escrito. Ojalá mis palabras sean luz para ti, en medio de la oscuridad creciente que nos rodea.

Termino. Prepara la cesta, hazte de un buen bastón y de una pequeña navaja, querido lector. Aunque no se acerque el otoño, viene una memorable cosecha de níscalos. Te van a faltar manos. Y frascos.

jueves, 3 de marzo de 2022

Gracias, amigos

Ayer, al abrir un libro en su casa de Madrid, mi amigo Zurdo encontró una carta que había permanecido ahí, muda, esperando a ser descubierta desede hace muchos años. El papel, ya amarillento, contenía una historia escrita con letra infantil, firmada por otro buen amigo, Crespo, quien reside actualmente en México. Hoy, escribo esta entrada desde Bruselas. Es la vida.

En la carta, se relataba la historia de 2 niños que veraneaban en una playa murciana, y, tras pasar el verano allí, ambos concluían que cualquier tiempo pretérito fue mejor. Si el presente es nefasto, hay que pensar en el otrora glorioso pasado, para poder afrontar el futuro con la esperanza de que esos tiempos tan gratos volverán tarde o temprano. Mi amigo, con su proverbial acierto, había dado en el clavo al escribir aquella historia. No en vano, fue premiada en su día.

Poco después, cuando la bellísima torre gótica del ayuntamiento de Bruselas había dado la medianoche, Crespo envió a nuestro grupo de WhatsApp un enlace a su blog, que todos creíamos engullido de forma pantagruélica por el monstruo de Internet. Ese blog, cuando corría el año 2007, era su criatura. Era su diario, abierto a todos, en el que recogía sus vivencias. 

 

Uno de nuestros patios de recreo

Anoche, Crespo nos ofreció a todos su Santo Grial. Y bebí de ese cáliz. Con un hambre de recuerdos voraz, casi adictiva, devoré todo lo que él escribió. Consumí como un drogadicto aquellas palabras que narraban tiempos que consideraba normales, pero que, echando la vista atrás, fueron tremendamente felices. 

¡Chacho, ponte uno de lomo con todo!

Miro a través de la ventana. El sol de la tarde deposita sus rayos deslizándose, dulcemente, sobre la corteza gris del viejo álamo. Las ardillas, alegres, corretean por las ramas, sabiendo que la primavera está cerca. Contemplo esa escena manteniendo una mano en la mejilla, apoyada la otra en el quicio de la ventana, recordando con nostalgia aquellos tiempos dichosos. 

Miro a través de la ventana, y pienso en aquellas tardes y mañanas casi infinitas en la Universidad, en el taller, entre herramientas, aceite, acero, madera, virutas, tornillos, serrín, sonido de máquinas, risas, conversaciones. En aquellas clases, algunas apasionantes, otras infumables, con personas que comenzaron siendo profesores y que también se convirtieron en amigos.

Miro a través de la ventana, y recuerdo aquellos grandes momentos vividos. Noches de batas, fiestas de San Alberto, crucero, prácticas de laboratorio, cantina, biblioteca, exámenes. La incertidumbre al recibir las notas. Los planes para quedar de cena en el Palomo un jueves y después salir de traca. Quemar rueda con un Clio del año 91. Llamar a Pepe El Chato desde cualquier teléfono de la Facultad con las "notas" de Simulación en la mano.

Ahora las ardillas, instintivamente, buscan cobijo en una oquedad del álamo; el sol se está poniendo, el cielo se ha pintado de rojo, esta noche va a hacer frío. Mis dedos, ora calientes, ora entumecidos, me hacen rectificar una y otra vez esta línea que ahora mismo estás leyendo, querido lector.

Paso ahora a enumerar los nombres de los protagonistas de ese tiempo tan dichoso, pese a que soy consciente que dejo muchos en el tintero. Josefina, Fernando, Hugo, David, Javier, Pilar, Jesús, María, Jose Manuel, Isabel, Bartolo, Almudena, Pedro, Inma... gracias por haber estado y por estar ahí, aunque no nos hayamos visto todo lo que hubiésemos querido. Aunque no hayamos tenido contacto, en algún caso, desde hace más de una década. Cómo pasa el tiempo.

Termino ya. Marco Tulio Cicerón dijo una vez "Amicitiae nostrae memoriam spero sempiternam fore". Espero que la memoria de nuestra amistad sea eterna. De corazón. Gracias, amigos. Que Dios os bendiga.