Hace ya casi 22 años que nos dijiste adiós, Alberto. Discúlpame, amigo mío,
nunca he escrito una elegía antes. Tengo miedo a que mi escrito no te haga
justicia, querido Alberto. Porque fuiste mi mejor amigo. Y, a pesar de esos 22
años, aún te sigo echando de menos.
Nuestra amistad comenzó a mediados de los felices años 90, cuando los dos contábamos unos 11 añitos de edad. Mis padres, haciendo un gran esfuerzo económico, compraron una casa en la costa. Aquel lugar era ideal: casas bajas, entorno familiar, tranquilidad, buen tiempo. Perfecto para veranear. Nuestra casa, entonces, quedaba en medio de antiguos campos de cultivo de lechugas. En los días que no había bruma era posible contemplar desde la terraza, privilegiada atalaya, los islotes del cercano Mar Menor y el más lejano faro de Cabo de Palos.
Éramos la típica familia de Madriz que ama la playa. Y la mar. Para nosotros, había una regla no escrita: todos los meses había que ir, al menos, una vez. Si caía puente, fantástico. Si no, ajo y agua. Un dato: 480 km al salir del colegio. Sólo ida. A la vuelta, tocaba sufrir los madrileños atascos de domingo en Arganda del Rey escuchando atentamente, en la radio del Ford Orión, el transcurso de la jornada liguera o inolvidables cintas de música. Pero no nos importaba. Fuimos felices sin ser conscientes de ello.
Corría el verano del año 1996 cuando nos conocimos. No recuerdo exactamente cómo, quizá tras llamar al timbre, o por mera coincidencia jugando al fútbol. De aquella época aún conservo la amistad de Rafa (antes Rafita), quien por entonces vestía ropa de Prenatal y Mayoral, un gran amigo. Había otro Rafa de mi edad, también majete, pero decidió irse con otra pandilla y le perdí la pista hace muchos años. Pero esa es una historia que merece ser contada en otra ocasión.
Ese verano transcurrió, feliz. A su conclusión, intercambiamos nuestros teléfonos de casa (los móviles por entonces eran una quimera), y nuestras direcciones para cartearnos. Llegamos a llamarnos por teléfono cada dos semanas. Con el paso de los años, coincidíamos, ora en el puente de la Inmaculada, ora en Semana Santa, ora en las vacaciones de verano. Alberto pasaba religiosamente el mes de julio en un campamento, en la sierra de Madrid. Cada año, yo esperaba con ansia la llegada de agosto, que era cuando su familia venía a veranear. Cuando nos juntábamos, se mascaba la tragedia. Para bien.
Alberto, el constructor. Cabañas hechas con palés de obras cercanas en el descampado frente a mi casa. Su edificación era peculiar, poníamos lonas negras encima a modo de techo, utilizábamos césped recién cortado para el suelo que días después sería devorado por blancos gusanos, y atábamos los palés entre sí. Dependiendo del palé, a veces hacíamos cabañas en pisos, poniendo uno encima del otro. Alguna llegó a tener hasta aparcamiento para bicicletas. Lujerío extremo. La envidia de la Reina de Inglaterra.
Cuando estaban terminadas, tocaba merendola: había que buscar 100 pesetas
de la hucha para bajar al Saura y comprar Coca-Cola, Fanta, patatas fritas y
golosinas variadas con las que echar la tarde. Varias veces hasta tuvimos música
de un desvencijado radiocasete a pilas. Otras pandillas venían a tomar posesión de
nuestro fuerte con intenciones hostiles; respondíamos a pedrada limpia, con
toda la contundencia infantil de que éramos capaces. Y huían como ratas. Cobardes.
Alberto, el futbolista. ¡Menuda zurda tenía el tío! Cuando jugábamos juntos, nos hablábamos en acento vasco: los amigos Gorka y Patxi, del mismo Bilbao. Los tiros de mi amigo Gorka tenían la potencia de Roberto Carlos y la violencia de Puskas, Cañoncito Pum. Él los llamaba Marmitako: inapelables de cara a puerta, y con un toque picante si acertaban en el culo de un pobre infeliz que se situase en medio de su trayectoria. El portero rival, con buen criterio, solía apartarse cuando Gorka armaba la zurda y golpeaba el esférico con el exterior.
El tiki-taka no lo inventaron Cruyff, ni más adelante Aragonés, ni Andrés Montes. Lo inventaron Gorka y Patxi dando pases en corto y al pie, Patxarán en nuestra jerga vascuence. Fruto del Patxarán nacían goles de bellísima factura, a raíz de la técnica exquisita de mi hermano Cremi o del acierto kartul de Rafita, quien muchas veces se lesionaba por culpa de un tobillo mal curado, fruto de un accidente de tráfico en Chinchilla de Monte Aragón, donde perdió a su perro Toby, si no me falla la memoria. Tanto Cremi como Rafita merecen varias entradas de mi blog, no me extenderé aquí, los dos son magníficas personas.
Alberto tenía 1000 caras distintas. Alberto, el ciclista. Alberto, y los juegos de mesa. Alberto, y los globos de agua. Alberto, el químico. Alberto, el cinéfilo. Alberto, el enamoradizo. Alberto, y las videoconsolas. Alberto, el fanático de la automoción. Alberto, el nadador. Alberto, el soñador. Alberto, el madridista. Alberto, el amigo del obrero. Aunque por encima de todo, Alberto, mi amigo. Generoso. Cercano. Fuerte. De risa fácil. Bondadoso. Honesto. La persona que dejó una huella innegable en mi, y que me marcó para el resto de mi vida.
Me llevo la mano izquierda a mi tupido bigote para recordar, melancólico, aquella tarde de agosto del año anterior a su fallecimiento. Alberto, calvo por efecto de la quimioterapia, y yo, hablábamos del futuro y de lo que haríamos juntos cuando fuésemos adultos. Me dijo, muy serio, a la orilla del mar, mientras hacíamos churretes con la arena: “Saverio, esto es una prueba que Dios me ha puesto. Mi abuela dice que Dios nos pone pruebas para superarlas, y que eso nos hace más fuertes”.
Un año después, ese Dios quiso llamarle a su lado, hace hoy casi 22 años. Alberto, duro como una roca, sucumbió al cáncer. Irónicamente, It’s my life de Bon Jovi coronaba las listas de éxitos en aquel momento. Sus padres, Ángel y Concha, destrozados. Sus amigos, incrédulos. Pero así es la vida, no nacemos para quedarnos.
Para mi, un crío de 14 años que no había sido tocado
por la muerte tan de cerca, su adiós fue un mazazo. Estuve varias semanas noqueado,
en la lona, como si un púgil de excepcional agilidad me hubiese asestado un derechazo
en el costillar aprovechando mi guardia baja. Pero no tenía que tirar la toalla. La vida te enseña, que diría, sabiamente, mi abuela Felisa, Dios la tenga en su gloria.
Sí, culpé a Dios entonces. No es justo que nos deje una excelente persona. No es justo. Ahora, con los ojos de un adulto, sé que Dios es inocente. Gracias a Dios tuve la suerte de ser amigo suyo, hice las paces con Él hace ya muchos años. Sé que la prueba de la que hablaba no era para Alberto. Era para mí y para los que nos quedamos. Para su familia. Para sus amigos. Espero haberla superado y ser más fuerte. Espero haber aprendido la lección, amigo Alberto.
En la Grecia clásica, se creía que la verdadera muerte es el olvido. Hasta que me quede un hálito de vida tu recuerdo estará presente en mí. Hasta entonces, no morirás. Espero que esta elegía, que concluyo mientras una lágrima aflora, se desliza, y cae, apática, sobre mi teclado, haya sido de tu agrado. Sé de corazón que mis palabras las comparten todos aquellos que tuvieron la fortuna y el privilegio de ser amigos tuyos. Hasta siempre, amigo Alberto. Que Dios te bendiga.


