Cuando era niño, mi hermano y yo teníamos una habitación de juegos, a la que en casa llamábamos “la salita”. Tenía una ventana desde la que se veían, cercanos, los pelados cerros, de blanco yeso, que coronaban la ciudad dormitorio madrileña en que vivía. Una estantería hecha por mi padre, un pequeño televisor Elbe que más de una vez cogí en mis infantiles brazos para llamar la atención de mi madre, un vídeo Betamax, un cuadro/reloj del Santiago Bernabéu, un sofá-cama, sillas de tijera colocadas estratégicamente tras la puerta y una moqueta marrón claro, completaban la estancia.
En la salita descubrí el poder de los voltios y a tener respeto por la electricidad: más de una vez, por mucho que mis padres intentaran remediarlo, mis dedos acabaron inexorablemente tocando un enchufe. En su cómodo sofá primero leía y luego devoraba todo lo que caía en mis manos, desde cómics de Mortadelo y Filemón, hasta libros tan sesudos como El nombre de la rosa. También en la salita me emocioné, como si estuviese en el mismísimo Amsterdam Arena, con aquel gol de churro de Mijatovic que supuso la conquista de la séptima Copa de Europa para el Real Madrid.
Fue en la salita donde, gracias al video Betamax, descubrí la magia de Disney. Alicia en el País de las Maravillas y Dumbo eran mis películas favoritas, especialmente la segunda. Su historia era muy bella. El protagonista, Dumbo, un pequeño elefante con orejas gigantescas, separado de su madre y marginado, alcanzaba lo que parecía imposible: volar. ¡Y vaya si lo conseguía! La enternecedora imagen que cerraba la película, con Dumbo junto a su madre, tratados como estrellas con vagón de tren propio, transmitía el positivo mensaje de que, pese a cualquier obstáculo, con confianza en uno mismo y con el apoyo de la familia, es posible llegar donde sea.
![]() |
| Hemos pasado de esto... |
Desafortunadamente, esa película tan buena está censurada hoy en Disney +, sacrificada en el ara de lo buenista, woke y políticamente correcto. Para los ejecutivos de Disney, Dumbo es un estereotipo que conviene evitar, siendo recomendada su película para consumo adulto. Ahora hay que promover la ideología LGTB, faltan letras y símbolos, para seguir hay que echar mano del alfabeto griego (no el cirílico, ¡vade retro, Putin malo!) como con las variantes del coronavirus. Adoctrinamiento ideológico que llena tu nevera. Democracia y censura. Conceptos tan compatibles como una mezcla de agua con aceite.
Te preguntarás, querido lector, quién está detrás de todo esto. Baste un vistazo al accionariado de Disney para responder a esa sencilla pregunta: son los sospechosos habituales, entre los cuales se encuentra cierto personaje de ascendencia húngara y credo judío que se jactaba en una entrevista de ayudar a los nazis a exterminar a sus correligionarios en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Sí, ese mismo que llegó a devaluar la libra esterlina en los años 90. ¡Qué nivel, Maribel! Sospechosos habituales que tienen una determinada agenda que está a la vista de todos, no hay mayor ciego que el que no quiere ver.
En las antiguas películas de Disney, la amistad, la familia y el amor eran los valores que siempre estaban presentes. Cuando las cosas se torcían, podías estar tranquilo porque el bien siempre triunfaba y los malos mordían el polvo, las más veces de forma cómica, tan ridícula, que te hacía sonreír. Por contra, en las últimas películas se pretende blanquear a los villanos, y se introducen personajes que representan a una determinada agenda.
Como muestra, un botón: Maléfica era un hada bueeena que se corrompió y se hizo maaaala, hay que entenderla. La pobrecita Maléfica ha sufrido mucho, y por eso se ha hecho mala malísima, tan mala como comer kebab tras una noche loca de fiesta a las 5 de la madrugada. Una pequeña píldora de sabiduría de la universidad de la vida: kebab dürum, cagar blandum, en especial tras una ingesta pantagruélica de garrafón barato.
Maléfica, interpretada por Angelina Jolie, me recuerda a Lorenza Pellegrini en el péndulo de Foucault, oscuro personaje de sensual belleza clave para el desarrollo de la trama del libro de Eco. En sus palabras “yo soy la Sophia, yo soy la puta y la santa”, se refleja el principio eminentemente masónico de “como es arriba es abajo”, la dualidad, el hacer de lo bueno, malo, y de lo malo, bueno. La enlutada Maléfica, que oiga, menudos cuernos diabólicos calza, es ejemplo de la ambigüedad que el Diablo, como príncipe de la Mentira, representa. ¡Quien tenga oídos, que oiga!
![]() |
| ¡A esto! |
Jesús dijo una vez: “De cierto os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicisteis” (Mt 25, 40). No hay nada más frágil, más puro, y más bello que el corazón de un niño, y es nuestro deber protegerlo, para que el futuro nos sonría. Quiero una infancia feliz para mis hijos como la que yo tuve, en la que descubrí el mundo desde la salita de mi casa con ayuda de mi imaginación.
Adiós Disney, au revoir Disney +, me quedaré con tus películas clásicas, fue bonito mientras duró, así reza el epitafio, nunca debiste hacerlo. No me extraña en absoluto que su cotización en bolsa esté cayendo en picado, esa es la tendencia. Parece que aún queda algo de dignidad en esta sociedad corrompida. Veremos. Por mi parte, me quedo con las palabras y el mensaje de Jesús porque, querido lector, nunca falla.


:focal(1248x470:1250x468)/origin-imgresizer.eurosport.com/2022/03/10/3334852-68177308-2560-1440.jpg)
