jueves, 28 de abril de 2022

La salita

Cuando era niño, mi hermano y yo teníamos una habitación de juegos, a la que en casa llamábamos “la salita”. Tenía una ventana desde la que se veían, cercanos, los pelados cerros, de blanco yeso, que coronaban la ciudad dormitorio madrileña en que vivía. Una estantería hecha por mi padre, un pequeño televisor Elbe que más de una vez cogí en mis infantiles brazos para llamar la atención de mi madre, un vídeo Betamax, un cuadro/reloj del Santiago Bernabéu, un sofá-cama, sillas de tijera colocadas estratégicamente tras la puerta y una moqueta marrón claro, completaban la estancia.

En la salita descubrí el poder de los voltios y a tener respeto por la electricidad: más de una vez, por mucho que mis padres intentaran remediarlo, mis dedos acabaron inexorablemente tocando un enchufe. En su cómodo sofá primero leía y luego devoraba todo lo que caía en mis manos, desde cómics de Mortadelo y Filemón, hasta libros tan sesudos como El nombre de la rosa. También en la salita me emocioné, como si estuviese en el mismísimo Amsterdam Arena, con aquel gol de churro de Mijatovic que supuso la conquista de la séptima Copa de Europa para el Real Madrid.

Fue en la salita donde, gracias al video Betamax, descubrí la magia de Disney. Alicia en el País de las Maravillas y Dumbo eran mis películas favoritas, especialmente la segunda. Su historia era muy bella. El protagonista, Dumbo, un pequeño elefante con orejas gigantescas, separado de su madre y marginado, alcanzaba lo que parecía imposible: volar. ¡Y vaya si lo conseguía! La enternecedora imagen que cerraba la película, con Dumbo junto a su madre, tratados como estrellas con vagón de tren propio, transmitía el positivo mensaje de que, pese a cualquier obstáculo, con confianza en uno mismo y con el apoyo de la familia, es posible llegar donde sea.

Hemos pasado de esto...
Hemos pasado de esto...

Desafortunadamente, esa película tan buena está censurada hoy en Disney +, sacrificada en el ara de lo buenista, woke y políticamente correcto. Para los ejecutivos de Disney, Dumbo es un estereotipo que conviene evitar, siendo recomendada su película para consumo adulto. Ahora hay que promover la ideología LGTB, faltan letras y símbolos, para seguir hay que echar mano del alfabeto griego (no el cirílico, ¡vade retro, Putin malo!) como con las variantes del coronavirus. Adoctrinamiento ideológico que llena tu nevera. Democracia y censura. Conceptos tan compatibles como una mezcla de agua con aceite.

Te preguntarás, querido lector, quién está detrás de todo esto. Baste un vistazo al accionariado de Disney para responder a esa sencilla pregunta: son los sospechosos habituales, entre los cuales se encuentra cierto personaje de ascendencia húngara y credo judío que se jactaba en una entrevista de ayudar a los nazis a exterminar a sus correligionarios en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Sí, ese mismo que llegó a devaluar la libra esterlina en los años 90. ¡Qué nivel, Maribel! Sospechosos habituales que tienen una determinada agenda que está a la vista de todos, no hay mayor ciego que el que no quiere ver.

En las antiguas películas de Disney, la amistad, la familia y el amor eran los valores que siempre estaban presentes. Cuando las cosas se torcían, podías estar tranquilo porque el bien siempre triunfaba y los malos mordían el polvo, las más veces de forma cómica, tan ridícula, que te hacía sonreír. Por contra, en las últimas películas se pretende blanquear a los villanos, y se introducen personajes que representan a una determinada agenda.

Como muestra, un botón: Maléfica era un hada bueeena que se corrompió y se hizo maaaala, hay que entenderla. La pobrecita Maléfica ha sufrido mucho, y por eso se ha hecho mala malísima, tan mala como comer kebab tras una noche loca de fiesta a las 5 de la madrugada. Una pequeña píldora de sabiduría de la universidad de la vida: kebab dürum, cagar blandum, en especial tras una ingesta pantagruélica de garrafón barato.

Maléfica, interpretada por Angelina Jolie, me recuerda a Lorenza Pellegrini en el péndulo de Foucault, oscuro personaje de sensual belleza clave para el desarrollo de la trama del libro de Eco. En sus palabras “yo soy la Sophia, yo soy la puta y la santa”, se refleja el principio eminentemente masónico de “como es arriba es abajo”, la dualidad, el hacer de lo bueno, malo, y de lo malo, bueno. La enlutada Maléfica, que oiga, menudos cuernos diabólicos calza, es ejemplo de la ambigüedad que el Diablo, como príncipe de la Mentira, representa. ¡Quien tenga oídos, que oiga!

 

¡A esto!

Jesús dijo una vez: “De cierto os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicisteis” (Mt 25, 40). No hay nada más frágil, más puro, y más bello que el corazón de un niño, y es nuestro deber protegerlo, para que el futuro nos sonría.  Quiero una infancia feliz para mis hijos como la que yo tuve, en la que descubrí el mundo desde la salita de mi casa con ayuda de mi imaginación.

Adiós Disney, au revoir Disney +, me quedaré con tus películas clásicas, fue bonito mientras duró, así reza el epitafio, nunca debiste hacerlo. No me extraña en absoluto que su cotización en bolsa esté cayendo en picado, esa es la tendencia. Parece que aún queda algo de dignidad en esta sociedad corrompida. Veremos. Por mi parte, me quedo con las palabras y el mensaje de Jesús porque, querido lector, nunca falla.

miércoles, 13 de abril de 2022

El Mandril lo ha vuelto a hacer

Cuando se ve un partido de Copa de Europa, sigo un ritual. Comienza con una buena ducha, hay que estar limpio y aseado porque es muy probable que se sude durante el choque y además juega el Real Madrid. Después, cenita. Algo ligero, simple, espartano, hay que hacer una buena digestión. Termina con la llamada cotidiana a la familia, justo antes del partido, resumen del día y análisis de la alineación y del rival previos al choque. Último detalle: sintonizar con el Bernabéu, cambiar el audio a Real Madrid Televisión (me dan asco los comentaristas de Vomistar), y a disfrutar del espectáculo.

Con este sencillo ritual he visto con mis ojos como el Madrid ha pasado a semifinales 10 veces durante los últimos 12 años. Ayer fue una de esas veces. Noche épica en Madrid. Sudor. Sufrimiento. Fe. Cojones. Del tamaño de Júpiter. Astronómicos.

No haré una crónica del partido al uso. Sólo diré que jugamos mal, muy mal. Antoño y CasiMito lejos de su mejor nivel. Mendy fuera de sitio. Carcamal y Alaba estaban muy blanditos. Ficticius lo intentaba, pero no le salía ni lo más sencillo. Karino, cuarto y mitad. Y entre cagada y cagada, iban cayendo los goles del lado de los hijos de la Pérfida Albión, hasta llegar al 0-3 que nos dejaba fuera. I can feel it coming in the air tonight, oh Lord. Lo percibía en el aire, oh Dios, nos íbamos a quedar fuera de Europa. Gracias, Phil Collins. Desmoralizado, quité el partido. Elsa, siempre nos quedará París, sube a ese avión y olvídate de Europa hasta el año que viene. Casablanca.

Poco después Anchelotto, ese abuelete italiano de inquieta ceja y amante del embutido ibérico, dio un paso adelante. Con la entrada de Cowabunga, McCelo y el Hijo de Pelé, el partido tuvo otro aire. Volví a conectar con el Bernabéu. Si bien los piratas ingleses nos tenían maniatados cual marrano segoviano en Casa Cándido antes de entrar al horno para ser engullido por FatZard, hubo un cambio. Clic. Somos el puto Real Madrid, no ondeamos banderas batamanta con una Orejona, se nos caen las Copas de Europa de los bolsillos, la Historia del Fútbol la escribimos nosotros. Piratas bastardos, esta es mi silla (Alaba dixit), este es mi trono, si queréis pasar, habrá sangre, sudor y lágrimas. Y vaya si hubo. 

Madridismo

Llegaron los goles. Fantasía. Don Luka Modric se sacó un pase con el exterior que remató a placer el Hijo de Pelé. Ya está tardando FloPer en hacerle una estatua al croata en Concha Espina, parece que vive una segunda juventud. A Vinagre no le gusta perder, y transmite esa sensación a sus compañeros. Ídolo eterno del madridismo, uno di noi. Con esa delicia nos fuimos a la prórroga.

En mi fuero interno, sabía que si había prórroga pasábamos a semifinales. Somos el puto Real Madrid. De cojones siderales, hace falta un telescopio como el del Roque de los Muchachos para verlos orbitar en el espacio profundo, más allá de Plutón. Y llegó la prórroga, con un centro de Ficticius que remató de cabeza Karino. Bam. No habían aparecido en todo el choque ninguno de los dos, pero cuando lo hicieron, fueron decisivos. Cracks. No podían ni caminar, pero lo consiguieron. Sudor. Sufrimiento. Fe. Cojones.

Al partido le quedaba casi toda la prórroga. Había que resistir. El Pajarito seguía trotando como si el partido hubiese comenzado. Menudo pulmón Fede, estoy seguro de que sigue corriendo en el Bernabéu mientras escribo esta línea, el muy cabrón. Siempre en mi equipo. A todo esto, los piratas ingleses seguían asediando la meta mandril emulando a Vernon en el sitio de Cartagena de Indias, how delicate, Mr. Tuchel, you choose to die with the boots on. No contaban con la heroica defensa blanca en la que nuestros laterales se batían ¡vive Dios! como Blas de Lezo: tuertos, cojos y mancos. Pero siempre con cojones. 

 

Cojones: Definición gráfica.

El árbitro pita el final. Tras estar más tenso que la goma del pantalón de Falete tras comerse una olla de callos a la madrileña, puedo respirar tranquilo. El puto Real Madrid está en las semifinales de la Copa de Europa. Nos espera rival, o el Shitty de la Pepa o el Paleti de Simione. Y tras el pase, toca ver el circo del Chiringote, con toda la bancada farsante echando bilis, que si el árbitro, que si un gol inglés debió subir al marcador, blablabla. Están ciegos. Tienen delante al mejor Club de Fútbol de la Historia y reniegan de él. Han renunciado voluntariamente a la felicidad. El tiempo pone a cada uno en su sitio: unos jugando la Copa de Europa y otros en Uropa Lij. Pobre gente.

Tras partidos así, sólo me queda afirmar que Dios es del Real Madrid. Alabado sea Dios.