Mira lo que has conseguido con tu osadía, oh pélida Aquiles, Troya no se ganó en un día. La cólera del Olimpo se cebará con Ulises, pero eso no lo sabías, Patroclo, Aquiles se dejará la vida en los yermos campos troyanos, una traicionera flecha acabará con él, ¿Ironías del destino, genialidad de Homero o caprichos de los dioses? Es un buen comienzo, aunque quizás no convenza a los más eruditos.
Escribo y miro por la ventana: la amarillenta, quemada hierba, rodea al verde y vetusto álamo por el que, en tiempos más amables, las pequeñas ardillas corretean. Este arranque me gusta más pero aún no es del todo apropiado.
Tres mujeres en mi vida. La que me la dio, la que sabe todo de mí, allí en el Cielo, y tú. Madre, santa y pecadora. Tres. Mamá, que me acurrucaba en mi cama, me cantaba canciones, me abrazaba, me hacía cosquillas en la espalda, me educaba. Y un día, me vio marchar de casa. Mi confidente ayer y hoy.
La segunda, María Santísima, mi madre del cielo, abogada mía ante Dios, inalcanzable y a la vez cercana. Resuena majestuoso el eco de sus silencios, mamá me enseñó a rezarte, a darte gracias por todo lo que haces por mí, cada día. Como mi mamá, María siempre está ahí.
María y mamá. Cielo y tierra. Y luego estás tú.
Tú. Bella y terrible como un ejército medieval dispuesto para la batalla. La dulce y amarga manzana que mordí tentado por la siniestra serpiente. La prostituta y la santa. Guerra y paz. Mil historias vivimos juntos, mil historias que aún permanecen en un recoveco de mi memoria pero que sé que el apetito voraz del tiempo se las llevará a su paso.
Aquel día de invierno contemplé con angustia como el negro humo de aquel tren se alejaba en la gélida estación, y, pese a que tenía billete de primera clase, me dejaste solo en la gris, fría, lúgubre ciudad, tan lejos de casa. Siempre nos quedará París. Casablanca. Un mensaje bastó. Un á bientôt que en semanas se convirtió en au revoir.
Pudiste haber sido como mamá. Cariñosa. Confidente. Candorosa.
Pudiste haber sido como mi madre del cielo. Próxima. Paciente. Pura.
Tuviste la Ocasión, y la desperdiciaste. Las máscaras cayeron. Elegiste tu carrera. No a tu familia.
Pero no estaba solo en mi tristeza en aquella sombría ciudad. Alguien que supo romper las tinieblas que cernían mi corazón aprovechó la Ocasión e hizo sabiamente su elección. Pudo reparar el juguete roto que tan lejos quedó para ti, juguete que ahora luce, presuntuoso, en el lugar más prominente de la iluminada estancia, a la vista de todos.
Tú aún estás ahí, no te he olvidado, pero relegada al fondo del desván de mis recuerdos, como una antigua escribanía de nogal cubierta de polvo, que pertenecería a algún antepasado, hidalgo ilustre de cuyo nombre no puedo acordarme y que yace abandonada, desvencijada, sin más pena ni gloria, sin rencores.
Cual Ulises, ¿tuve ya mi Odisea, puedo volver a casa? ¿merezco el descanso que tanto necesito junto a mi Penélope y a mi hijo Telémaco que está por venir? ¿O me esperarán nuevas aventuras, hoy sí puedo afirmarlo, con las tres mujeres de mi vida, más allá de la Mar Océana? Cosas veredes, amigo Sancho. Las respuestas sólo Dios las sabe. Que Él tenga misericordia.
Conclusión: hay que leer más a los clásicos. Se aprende mucho.
Vale.
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